NICOLÁS Es el protagonista de esta historia en la que se nos cuenta sus travesuras con sus compañeros. Nicolás quiere ser obediente con sus padres y con la maestra, pero... no siempre lo consigue.
GODOFREDO Le encanta disfrazarse. Su papá es rico y le compra todos los juguetes que se le antojan.
EUDES Es un muchacho muy fuerte y le gusta dar puñetazos en la nariz a todo el mundo.
ALCESTES A este amigo de Nicolás lo que más le gusta es comer, por eso está un poco gordito.
RUFO Él siempre lleva consigo un recuerdo de familia, el silbato, regalo de su padre que es agente de policía.
CLOTARIO Es el último de la clase. Nunca sabe las lecciones así que muchos días se queda sin recreo.
AGNAN Es el primero de la clase y el ojito derecho de la maestra. Lleva gafas, por eso no se le puede pegar mucho.

 

SEMPÉ / GOSCINNY El ajedrez
SEMPÉ / GOSCINNYEl código secreto

 

EL AJEDREZ Sempé / Goscinny


    El domingo hacía frío y llovía, pero no me molestaba, porque estaba invitado a merendar en casa de Alcestes, y Alcestes es un buen compañero, que es muy gordo, y al que le encanta comer, y con Alcestes siempre se pasa bien, incluso cuando nos peleamos.
    Cuando llegué a casa de Alcestes, me abrió la puerta su mamá porque Alcestes y su papá ya estaban a la mesa y me esperaban para merendar.
    - Llegas con retraso - me dijo Alcestes.
    - No hables con la boca llena - dijo su papá - y pásame la mantequilla.
    De merienda tomamos cada uno dos tazas de chocolate, un pastel de crema, pan tostado con mantequilla y mermelada, salchichón, queso, y, cuando acabamos, Alcestes preguntó a su mamá si podría tomar un poco de la fabada que quedaba del mediodía, porque quería que yo la probase; pero su mamá contestó que no, que eso nos quitaría el apetito para la cena, y que además no quedaba fabada del mediodía. Yo, de todas formas, ya no tenía hambre.
    Y después nos levantamos para ir a jugar, pero la mamá de Alcestes nos dijo que tendríamos que portarnos bien, y, sobre todo, que no desordenáramos el cuarto, porque se había pasado toda la mañana arreglándolo.
    - Vamos a jugar con el tren, con los cochecitos, a las canicas y con el balón de futbol - dijo Alcestes.
    - ¡No! ¡Nada de eso! - dijo la mamá de Alcestes -. No quiero que tu habitación quede hecha un desbarajuste. ¡Buscad juegos más tranquilos!
    - Entonces, ¿a qué? - preguntó Alcestes.
    - Tengo una idea - dijo el papá de Alcestes -. Voy a enseñaros el juego más inteligente que existe. Id a vuestro cuarto; ahora voy yo.
    Entonces fuimos al cuarto de Alcestes, y es cierto que estaba terriblemente bien ordenado, y después llegó su papá con un juego de ajedrez bajo el brazo.
    - ¿Al ajedrez? - dijo Alcestes -. ¡Si no sabemos jugar!
    - Justamente - dijo el papá de Alcestes -, voy a enseñaros; ya veréis, ¡es formidable!
    ¡Y es cierto que es muy interesante el ajedrez! El papá de Alcestes nos enseñó cómo se colocan las piezas en el tablero (¡a las damas, sí que soy terrible!), nos enseñó los peones, las torres, los alfiles, los caballos, el rey y la reina, nos dijo cómo había que adelantarlos, y eso no es nada fácil, y también cómo había que hacer para comer las piezas del enemigo.
    - Es como una batalla con dos ejércitos - dijo el papá de Alcestes -, y vosotros sois los generales.
    Y después el papá de Alcestes guardó un peón en cada mano, cerró los puños, me dio a escoger, me tocaron las blancas y empezamos a jugar. El papá de Alcestes, que es fenómeno, se quedó con nosotros para darnoa consejos y decirnos cuándo nos equivocábamos. La mamá de Alcestes vino y parecía contenta de vernos sentados, alrededor del pupitre de Alcestes, jugando. Y después el papá de Alcestes movió un alfil y dijo, riéndose, que yo había perdido.
    - Bueno - dijo el papá de Alcestes -, creo que ya lo habéis entendido. Entonces, ahora, para Nicolás, las negras y vais a jugar los dos solos.
    Y se marchó con la mamá de Alcestes, diciéndole que todo consistía en saber arreglárselas, y que si realmente no quedaba ni un poco de fabada.
    Lo fastidioso con las piezas negras es que estaban un poco pegajosas, por culpa de la mermelada que Alcestes siempre tiene en los dedos.


    - Comienza la batalla- dijo Alcestes -. ¡Adelante! "¡Bum!"
    Y adelantó un peón. Entonces yo hice avanzar mi caballo, y el caballo es el más difícil de mover, porque va todo recto y después va de lado, pero también es el ,ás estupendo, porque puede saltar.
    - ¡Lanzarote no teme a sus enemigos! - grité.
    - ¡Adelante! "¡Ran, pataplán! ¡Ran, ran, pataplán!" - contestó Alcestes, haciendo el tambor y empujando a varios peones con el revés de la mano.
    - ¡Eh! - dije -. ¡No tienes derecho a hacer eso!
    - ¡Defiéndete como puedas, canalla! - gritó Alcestes, que vino conmigo a ver una película llena de caballeros y castillos en la televisión, el jueves, a casa de Clotario. Entonces, con las dos manos, empujé también mis peones, haciendo el cañón y la ametralladora, "ratatatatá", y cuando mis peones se encontraron con los de Alcestes, montones de ellos se cayeron.
    - ¡Eh, un momento! - me dijo Alcestes -. ¡Eso no vale! ¡Haces ametralladora y en aquel tiempo no las había! Es sólo el cañón, "¡bum!", o las espadas, "¡chas, chas!". Si vas a hacer trampas, no vale la pena jugar.
    Como Alcestes tenía razón, le dije que de acuerdo, y continuamos jugando al ajedrez. Adelanté mi alfil, pero tuve problemas por culpa de todos los peones que estaban caídos en el tablero, y Alcestes con el dedo, como jugando a las canicas, ¡bang!, lanzó mi alfil contra mi caballo, que se cayó. Entonces yo hice lo mismo con mi torre, que envié contra su reina.
    - ¡Eso no vale! - me dijo Alcestes -. ¡La torre avanza recta y tú la has tirado de lado, como un alfil!
    - ¡Victoria! - grité -. ¡Son nuestros! ¡Adelante, valientes caballeros! ¡Por el rey Arturo! "¡Rataplán!".
    Y, con los dedos, lancé montones de piezas; era formidable.
    - Espera - me dijo Alcestes -. Con los dedos es demasiado fácil; ¿y si lo hiciéramos con canicas? Las canicas serían las balas, "¡bum!, ¡bum!".
    - Sí - dije-, pero no habría sitio en el tablero.
    - Bueno, es muy sencillo - dijo Alcestes -. Tú te pones en un lado del cuarto y yo me pondré en el otro extremo. Y además vale esconder las piezas detrás de las patas de la cama, de la silla y del pupitre.
    Y después Alcestes fue a buscar las canicas a su armario, que estaba peor ordenado que su cuarto; había montones de cosas que cayeron en la alfombra, y yo me metí un peón negro en una mano y un peón blanco en la otra, cerré los puños y le di a escoger a Alcestes, al que le tocaron las blancas. Empezamos a lanzar canicas haciendo "¡bum!" cada vez, y como nuestras piezas estaban bien escondidas era difícil darlas.
    - Oye, ¿y si utilizáramos los vagones de tu tren y los cochecitos para hacer de tanques? - dije.
    Alcestes sacó el tren y los coches del armario, metimos los soldados dentro e hicimos avanzar los tanques, "brum, brum".
    - Pero nunca conseguiremos darles a los soldados con las canicas, si están dentro de los tanques - dijo Alcestes.
    - Podemos bombardearlos - dije.


    Entonces hicimos los aviones con las manos llenas de canicas, hacíamos "brumm, brumm", y, después, cuando pasábamos encima de los tanques, soltábamos las canicas, ¡bum! Pero las canicas no les hacían nada a los vagones y a los coches; entonces Alcestes se fue a buscar su balón de futbol y me dio otro balón, rojo y azul, que le habían comprado para ir a la playa, y empezamos a tirar los balones contra los tanques, y era formidable. Y después Alcestes chutó demasiado fuerte y el balón de futbol fue a dar contra la puerta, rebotó hacia el pupitre, donde tiró el frasco de tinta, y entró la mamá de Alcestes.
    ¡Estaba terriblemente enfadada la mamá de Alcestes! le dijo a Alcestes que esa noche, a la cena, se quedaría sin repetir el postre y me dijo que se hacía tarde y que más valdría que volviera a casa de mi pobre madre. Y cuando me marché, aún gritaban en la casa de Alcestes, a quien ahora regañaba su papá.
    ¡Es un lástima que no hayamos podido continuar, porque el juego del ajedrez es fenómeno! En cuanto haga bueno, iremos a jugar a eso al solar.
    Porque, claro, no es un juego ese del ajedrez para jugarlo dentro de una casa, "¡bum, bum, bum!".
  

 

 

EL CÓDIGO SECRETO Sempé / Goscinny


  ¿Os habéis fijado en que cuando uno quiere hablar con los compañeros en clase es muy difícil y os molestan siempre? Claro, podéis hablar con el compañero que está sentado a vuestro lado; pero aunque tratéis de hablar muy bajo, la maestra os oye y os dice: " Como tienes tantas ganas de hablar, venga al encerado, ¡ya veremos si es igual de charlatán!", y os pregunta las provincias y sus capitales, y se arman montones de líos. También se pueden mandar trozos de papel donde se escribe lo que se tiene ganas de decir; pero también entonces, casi siempre, la maestra ve pasar el papel y hay que llevárselo al director, y como lo que hay escrito es "Rufo es idiota, pásalo", o "Eudes es feo, pásalo", el director os dice que seréis toda la vida unos ignorantes, que acabaréis en presidio, que eso dará mucha pena a vuestros padres, que se matan a trabajar para que estéis bien educados. ¡ Y os deja castigados sin salir!
    Por eso esta mañana, en el primer recreo, nos pareció formidable la idea de Godofredo.
    - He inventado un código sensacional - nos dijo Godofredo -. Es un código secreto que sólo entenderemos nosotros, los de la pandilla.
    Y nos lo enseñó; para cada letra se hace un gesto. Por ejemplo, el dedo en la nariz es la letra a; el dedo en el ojo izquierdo es la b; el dedo en el ojo derecho es la c. Hay gestos diferentes para todas las letras; se rasca la oreja, se frota la barbilla, se dan palmadas en la cabeza, y así hasta la z, en la que se bizquea. ¡Formidable!


    Clotario no estaba muy de acuerdo; nos dijo que para él el alfabeto era ya un código secreto y que, en lugar de aprender ortografía para hablar con los compañeros, prefería esperar al recreo para decirnos todo lo que tuviera que decirnos. Y Agnan, claro, no quiere saber nada de códigos secretos. ¡Como es el primero y el ojito derecho, en clase prefiere escuchar a la maestra! ¡Este Agnan está loco!
    Pero todos los demás pensamos que el código estaba muy bien. Y además un código secreto es muy útil; cuando estemos pegándonos con los enemigos podemos decirnos montones de cosas, y así ellos no entenderán nada, y los vencedores somos nosotros.
    Entonces le pedimos a Godofredo que nos enseñara su código. Todos nos pusimos alrededor de Godofredo y nos dijo que hiciéramos lo que él; se tocó la nariz con el dedo y todos nos tocamos las narices con los dedos; se puso un dedo en el ojo, y todos nos pusimos un dedo en el ojo. Y cuando estábamos bizqueando todos llegó el señor Mouchabiére. El señor Mouchabiére es un nuevo vigilante, que es un poco más viejo que los mayores, pero no mucho más, y parece que es la primera vez que trabaja de vigilante en una escuela.


    - Escuchen - nos dijo el señor Mouchabiére -. No voy a cometer la locura de preguntarles qué traman con sus muecas. Lo único que les digo es que, si continúan, los castigo a todos para el jueves. ¿Entendido?
    Y se marchó.
    - Bueno - dijo Godofredo -, ¿os acordáis del código?
    - A mí lo que me molesta - dijo Joaquín - es eso del ojo derecho y el ojo izquierdo para la b y la c. Siempre me equivoco con la derecha y la izquierda; es como mamá, cuando conduce el coche de papá.
    - Bueno, eso no importa - dijo Godofredo.
    - ¿Cómo que no importa? - dijo Joaquín -. SI quiero decir "imbécil" y te digo "imcébil", no es lo mismo.
    - ¿Y a quién quieres decirle "imbécil", imbécil? - preguntó Godofredo.
    Pero no tuvieron tiempo de pegarse, porque el señor Mouchabiére tocó el final del recreo. Con el señor Mouchabiére, los recreos son cada vez más cortos.
    Nos pusimos en fila y Godofredo nos dijo:
    - En clase os mandaré un mensaje, y en el próximo recreo veremos quiénes lo han entendido. Os lo aviso, ¡para formar parte de la pandilla habrá que conocer el código secreto!
    - ¡Ah! ¡Muy bien! - dijo Clotario -. Entonces, el señor ha decidido que si yo no sé su código, que no sirve para nada, ya no formo parte de la pandilla. ¡Muy bien!
    Entonces, el señor Mouchabiére le dijo a Clotario:
    - Me conjugará usted el verbo "No debo hablar en filas, sobre todo cuando he tenido tiempo durante todo el recreo para contar historias necias". En indicativo y en subjuntivo.
    - Si hubieras utilizado el código secreto, no te habrían castigado - dijo Alcestes; y el señor Mouchabiére le dio el mismo verbo para conjugar. ¡Este Alcestes es para morirse de risa!
    En clase, la maestra nos dijo que sacáramos los cuadernos y copiáramos los problemas que iba a escribir en el encerado, para hacerlos en casa. A mí eso me fastidió, sobre todo porque papá, cuando vuelve de la oficina, está cansado y no tiene nada de ganas de hacer deberes de aritmética. Y después, mientras la maestra escribía en el encerado, nos volvimos todos hacia Godofredo, y esperamos a que empezara su mensaje. Entonces Godofredo se puso a hacer gestos; y tengo que decir que no era fácil entenderlo, porque iba muy deprisa, y demás, como mirábamos se ponía a hacer gestos, y era muy divertido verlo metiéndose los dedos en las orejas y dándose palmadas en la cabeza.
    Era larguísimo el mensaje de Godofredo, y era un fastidio, porque no podía copiar los problemas. Es cierto, teníamos miedo de fallar las letras del mensaje y de no entender nada, de modo que estábamos obligados a mirar todo el tiempo a Godofredo, que está sentado detrás, al fondo de la clase.


    Y después Godofredo hizo s rascándose la cabeza, t sacando la lengua, abrió mucho los ojos, se paró, todos nos volvimos y vimos que la maestra no escribía y miraba a Godofredo.
    - Sí, Godofredo - dijo la maestra -. Estoy como sus compañeros: lo miro hacer payasadas. Pero ya ha durado bastante, ¿no? De modo que levántese, castigado; se quedará sin recreo y, para mañana, escribirá cien veces: "No debo hacer el payaso en clase y distraer a mis compañeros impidiéndoles trabajar".


    Nosotros no habíamos entendido nada del mensaje. Entonces, a la salida de la escuela, esperamos a Godofredo, y cuando llegó, vimos que estaba muy enfadado.
    - ¿Qué nos decías en clase? - pregunté.
    - ¡Dejadme en paz! - gritó Godofredo -. Y además ¡se acabó lo del código secreto! Y, desde luego, ¡no os volveré a hablar!
    Al día siguiente Godofredo nos explicó su mensaje. Nos había dicho:
    "No me miréis todos así; vais a hacer que me castigue la maestra".